Ficha del yacimiento. El Cerro de San Vicente se levanta en la margen derecha del Tormes, dentro de la Salamanca actual, a 805 metros sobre el nivel del mar. Su ocupación principal corresponde a la Primera Edad del Hierro, en una horquilla amplia de aproximadamente 850/800 a 400 a. C. Desde mayo de 2025, parte del lugar forma parte de la oferta patrimonial visitable de la ciudad a través del Museo del Cerro de San Vicente.

Una capa de ceniza, un suelo de barro rehecho varias veces, adobes quemados y un banco adosado a una pared: así empieza a aparecer el Cerro de San Vicente cuando se excava. No como una ciudad monumental ni mediante inscripciones que nombren a sus habitantes, sino a través de las huellas materiales de una aldea construida, reparada y habitada, cuyos últimos usos se produjeron hace más de dos milenios.
En este altozano, situado entre el Tormes y la vaguada de la Palma, la arqueología ha recuperado casas, anexos, hogares, zonas de trabajo y grandes depósitos de residuos. También ha encontrado cereales carbonizados, huesos de animales, molinos, cerámicas, restos de actividades metalúrgicas y objetos de procedencia o tradición mediterránea. En conjunto, esos materiales permiten reconstruir prácticas: dónde se encendía el fuego, cómo se almacenaba parte del cereal, qué animales se consumían o pudieron aprovecharse para trabajar y de qué modo una comunidad del interior peninsular participó indirectamente en redes de circulación de gran alcance.
Pero el cerro también muestra los límites del conocimiento arqueológico. No conocemos el nombre que sus habitantes daban al lugar, ni su lengua, ni sus instituciones políticas, ni la divinidad a la que pudieron dirigirse en determinados espacios. Tampoco es correcto presentar sin más a aquella comunidad como «vettona». La Salmantica romana es posterior, y no existen textos contemporáneos del poblado que permitan proyectar hacia atrás una identidad étnica demostrada.
Un altozano defendible, junto al río

El emplazamiento explica una parte importante de esta historia. El Cerro de San Vicente es una elevación de arenisca eocena cuyos escarpes meridional y noroccidental se alzan en torno a 30 metros sobre el Tormes. Tres de sus frentes eran, por tanto, abruptos. El punto más accesible se encontraba hacia el noreste, en el cuello que comunicaba el cerro con el terreno circundante. Allí se construyó la defensa conocida del poblado.
La excavación identificó los cimientos de una muralla a lo largo de unos 35 metros. Tenía entre dos y tres metros de anchura y alcanzaba hasta 1,4 metros de altura conservada; el trazado original se ha estimado en unos 90 metros. Conviene imaginarla con precisión: no era una muralla de sillares como las defensas urbanas de épocas posteriores, sino una estructura de tierra, piedra y barro. Su capacidad defensiva dependía de la combinación entre obra humana y topografía.
La proximidad del Tormes y del entorno inmediato situaba el poblado junto a un río y cerca de espacios aptos para distintas actividades. Vincular esa posición con cultivos, pastos y corredores de tránsito es una inferencia geográfica razonable, no la prueba de una ruta concreta. La proximidad de corredores históricos de paso norte-sur hace plausible que la zona formara parte de territorios conectados, pero no autoriza a afirmar que la Vía de la Plata romana existiera ya, idéntica, en la Edad del Hierro.
Las cifras sobre el tamaño del asentamiento exigen la misma cautela. Algunas publicaciones calculan unos 1,3 hectáreas para la superficie intramuros definida por el cierre defensivo; otras amplían el área hasta aproximadamente 2,5 hectáreas al incluir estructuras detectadas fuera de esa barrera; un estudio reciente emplea 1,6 hectáreas para el espacio amurallado. No son necesariamente datos incompatibles: miden perímetros arqueológicos distintos. La lección es sencilla: la extensión de un poblado depende de qué se considere recinto, área habitada o zona de actividad.
Excavar una aldea bajo la ciudad
La arqueología del Cerro de San Vicente comenzó antes de que hubiera una excavación sistemática. En 1949 se recuperaron materiales que Juan Maluquer de Motes reconoció en 1951. Los trabajos arqueológicos regulares arrancaron en 1990. Desde entonces, la investigación ha avanzado entre intervenciones de investigación, arqueología preventiva, obras de conservación y musealización. Es una historia especialmente significativa porque el yacimiento se encuentra dentro de una ciudad viva y bajo una larga superposición de usos posteriores.
La gran excavación en área abierta de 2005 y 2006 mostró la ventaja de observar un barrio entero, y no solo una zanja o un sondeo. En unos 600 metros cuadrados de las ocupaciones superiores aparecieron cinco viviendas completas, otra parcialmente conservada y trece estructuras subsidiarias. Cerca de 400 metros cuadrados fueron consolidados y cubiertos para su visita. El resultado no fue un plano ordenado por calles rectas, sino un tejido compacto de casas, pequeños anexos, espacios de paso, patios y lugares destinados a tareas cotidianas o al descarte.
Las campañas recientes han añadido nuevas herramientas. Antes de excavar en 2018 se empleó georradar para detectar anomalías bajo tierra y orientar la intervención. La estratigrafía permite seguir la sucesión de suelos, rellenos, derrumbes e incendios; la excavación extensiva revela relaciones espaciales entre edificios; el muestreo microarqueológico y los estudios de restos vegetales hacen visible lo que el ojo no distingue en una capa de tierra; la zooarqueología estudia los huesos; y los análisis químicos y tecnológicos precisan la composición y posible procedencia de objetos vítreos.
Cada método responde a una pregunta diferente. Un muro puede informar de una técnica constructiva; un grano carbonizado, de almacenamiento o procesamiento; un hueso con marcas de corte, de carnicería y consumo; una cuenta de fayenza, de una historia de fabricación y circulación. Ninguno de ellos revela por sí solo un nombre de persona, una lengua o una identidad colectiva. Esta diferencia entre evidencia e interpretación resulta central para leer el cerro.
Casas de barro, hogares y paredes que también tuvieron color
El poblado fue una aldea de elevada densidad constructiva. Sus edificios se hicieron principalmente con adobe, aunque también se han documentado manteados de barro con improntas de entramado vegetal o leñoso. Las viviendas circulares son muy visibles en el registro, pero no estuvieron solas: las plantas redondas y rectangulares convivieron desde los niveles fundacionales conocidos. No hay base, por tanto, para describir una evolución simple en la que una forma sustituyera linealmente a la otra.
En las casas circulares de la fase superior aparecen hogares centrales y bancos adosados al muro opuesto a la entrada. También se han documentado vestíbulos, patios y medidas prácticas contra la lluvia, como aceras perimetrales de adobe inclinadas para facilitar la evacuación del agua. Son detalles de gran valor porque devuelven movimiento a una arquitectura que a menudo se imagina inmóvil: las personas entraban y salían, encendían el fuego, reparaban el pavimento y adaptaban los umbrales a la humedad y al tránsito.
Lo que no se conserva obliga, sin embargo, a no completar el paisaje con excesiva seguridad. Los restos permiten conocer zócalos, alzados de tierra, revestimientos y ciertas soluciones constructivas; la forma exacta de todas las cubiertas y muchos detalles de los alzados siguen siendo objeto de reconstrucción. Las imágenes que representen el poblado como un conjunto completo de casas deben identificarse siempre como recreaciones arqueológicas hipotéticas, no como una visión literal del pasado.
La llamada casa 1 muestra hasta qué punto una vivienda puede tener biografía. En ella se reconoció una prolongada secuencia de reparaciones y varios suelos renovados. Conservaba mobiliario de barro y presenta un incendio seguido por un sellado con adobes. Entre sus materiales destacan concentraciones de molinos, vajilla fina y útiles relacionados con el hilado o con la alfarería. Además, se conservaron restos de pintura mural roja, negra y blanca. El hallazgo corrige un prejuicio moderno: una construcción de tierra no tiene por qué haber sido pobre, provisional ni monocroma.
La casa 1 también plantea un debate. Sus bancos, las actividades documentadas y su trayectoria constructiva han llevado a proponer que pudo ser un edificio de relevancia colectiva dentro del vecindario, no solo una unidad doméstica mínima. Es una interpretación fundada, no la demostración de que fuese un palacio, la residencia de un jefe o una sede institucional. Del mismo modo, el incendio no demuestra automáticamente un ataque, un accidente o una ceremonia: el patrón de combustión, retirada de objetos y clausura posterior permite proponer un abandono ritualizado, pero la intención social de aquel acto no puede leerse de manera directa.
Los cenizales: la basura como archivo de la vida cotidiana
Fuera y entre las construcciones se acumularon cenizales: depósitos formados por limpiezas repetidas de hogares y espacios domésticos. Contienen cenizas, restos vegetales carbonizados, huesos, cerámica rota y piezas metálicas. Parecen basura, y en efecto lo son; pero esa basura se ha convertido en uno de los archivos más ricos del yacimiento.
Los cenizales permiten aproximarse a tareas ordinarias que rara vez dejan monumentos. En ellos aparecen indicios del uso de molinos barquiformes de granito, recipientes de almacenaje, vasijas de cocina y de consumo, así como herramientas de hueso, hierro y bronce. También se han hallado crisoles, escorias y goterones que apuntan a labores de producción o mantenimiento metalúrgico. Junto a ello, algunos materiales se relacionan con el hilado. La aldea no fue una suma de casas cerradas sobre sí mismas: una parte decisiva del trabajo se desarrollaba en los intersticios entre edificios.
Ahora bien, un cenizal no es una fotografía intacta del interior de una vivienda. Sus materiales fueron seleccionados, arrastrados, mezclados y redepositados a lo largo del tiempo. Que un hueso o un fragmento cerámico aparezca en él no significa que estuviera allí en el último momento de uso de una casa concreta. La arqueología puede reconstruir pautas reiteradas de limpieza, descarte y actividad; tiene más dificultades para devolver una escena puntual.
Una estructura menor aportó gran cantidad de cebada carbonizada y se interpreta como un granero o troje. La conclusión más sólida es que parte del cereal se almacenaba en el vecindario. Sería imprudente ir más lejos: el hallazgo no permite calcular las cosechas de toda la comunidad ni demostrar que todas las casas administraran sus reservas del mismo modo. El grano carbonizado es una evidencia muy precisa sobre aquel depósito, pero no un censo de la economía del poblado.
Carne, trabajo animal y recursos del río
El estudio zooarqueológico publicado en 2026 analizó 5.212 restos faunísticos procedentes de un sector concreto del asentamiento. Entre los especímenes identificados predominan los caprinos; les siguen los bóvidos, los suidos y los équidos. También se recuperaron restos de ciervo, liebre, ave, una evidencia de salmón y moluscos fluviales.
Este conjunto permite describir un aprovisionamiento diversificado. Los animales domésticos proporcionaban una parte esencial de la carne y, probablemente, otros recursos secundarios; la caza complementaba esa dieta, y los peces y moluscos documentados muestran el aprovechamiento ocasional de recursos fluviales. Las marcas de corte y de combustión observadas en los huesos hablan de procesado y consumo. No convierten el menú de una casa en el menú de toda la aldea, pero sí muestran prácticas repetidas en el sector estudiado.
Algunos bovinos llegaron a edades avanzadas y presentan patologías compatibles con tracción. La formulación importa: esas alteraciones son compatibles con que ciertos animales fueran empleados en trabajos de tiro antes de su sacrificio; no prueban por sí solas cada tarea concreta ni permiten reconstruir el sistema agrario completo. Aun así, abren una ventana poderosa a una economía en la que el ganado podía aportar carne y fuerza de trabajo.
La escala de la muestra debe mantenerse a la vista. El análisis procede de una zona determinada, vinculada a un vecindario excavado, no de una recogida exhaustiva de toda la superficie del poblado. Por eso no conviene convertir la presencia de caballo, perro, ciervo o salmón en relatos cerrados sobre prestigio, ritual, escasez o hábitos universales. La zooarqueología es especialmente valiosa cuando se lee junto con sus contextos y sus proporciones.
Un amuleto de Hathor no prueba una visita egipcia
Entre los hallazgos de las campañas recientes hay cuentas, fragmentos de fayenza y vidrio, cerámicas de engobe rojo de tradición fenicia y un amuleto asociado iconográficamente a Hathor. Son objetos pequeños, pero su importancia es enorme: obligan a abandonar la imagen de un interior peninsular completamente aislado de las dinámicas mediterráneas.
Los análisis macroscópicos y químicos indican una probable fabricación egipcia de buena parte del conjunto vítreo. Pero la cronología de los objetos es decisiva. Varias piezas habrían sido fabricadas en el segundo milenio a. C. y depositadas en Salamanca mucho después, en un contexto del siglo VII a. C. Un objeto puede circular, conservarse, intercambiarse y recibir nuevos significados durante siglos.
Por ello, el hallazgo no demuestra un contacto directo entre habitantes del Cerro de San Vicente y personas llegadas de Egipto, ni una transacción única con comerciantes fenicios. Lo que sí acredita es la llegada al poblado de materiales insertos en redes de larga distancia, mediante una cadena de mediaciones imposible de reconstruir por completo. La ruta, el número de intermediarios y la forma concreta de cada intercambio permanecen abiertos.
La fayenza y el vidrio aparecen diferenciados en el conjunto arqueológico, y no deben tratarse como objetos indistintos de la cerámica cotidiana o de los instrumentos de molienda. Su presencia permite estudiar trayectorias de fabricación y circulación de larga duración; por sí sola, sin embargo, no permite fijar el valor social exacto que tuvieron para quienes los depositaron.
¿Un santuario doméstico? La potencia y el límite de una hipótesis
La asociación de ciertos objetos orientalizantes, sus contextos arqueológicos y algunos edificios ha llevado al equipo investigador a proponer ámbitos ceremoniales domésticos, incluso un posible culto relacionado con Hathor-Astarté. Es una de las interpretaciones más sugestivas del Cerro de San Vicente y está respaldada por una combinación relevante de iconografía, asociación material y espacio excavado.
Sin embargo, debe enunciarse como lo que es: una inferencia arqueológica. No se ha hallado una inscripción que nombre a una divinidad, ni un texto que describa el rito, ni una declaración indígena sobre el significado de aquellos objetos. Por eso resulta más riguroso hablar de «posible santuario doméstico» o de «ámbito ritual doméstico interpretado por los excavadores» que de un templo inequívoco. La palabra templo introduce asociaciones arquitectónicas e institucionales que el registro no obliga a aceptar.
Este debate no debilita el hallazgo; al contrario, muestra cómo trabaja la investigación histórica. Los arqueólogos no se limitan a inventariar piezas: estudian dónde estaban, con qué aparecieron, qué usos previos tuvieron y cómo se relacionan con otros espacios. Después proponen explicaciones que pueden ser más o menos robustas. En el cerro, la evidencia permite defender la importancia especial de determinados depósitos y edificios; la identificación exacta de una divinidad local sigue sin demostrarse.
Fechas amplias y un desplazamiento hacia el Teso de las Catedrales
La cronología general del asentamiento se sitúa aproximadamente entre 850/800 y 400 a. C. Buena parte de los sectores excavados se adscribe, por estratigrafía y tipología, a los siglos VII y VI a. C. Hay materiales aislados vinculables al Bronce Final, como fragmentos de Cogotas I, pero no se han documentado niveles de ocupación que prueben la existencia de una aldea anterior en el cerro.
La precisión tiene un obstáculo técnico importante: la llamada meseta de Hallstatt en la curva de radiocarbono. En determinados siglos, las dataciones radiocarbónicas ofrecen rangos muy amplios y dificultan separar fases cercanas. Además, una muestra de carbón no equivale automáticamente a la fecha de construcción, uso o destrucción de una casa: puede proceder de madera vieja o de un residuo redepositado. Por eso las fechas se construyen combinando radiocarbono, estratigrafía, tipología cerámica y otros indicios, sin que desaparezca toda la incertidumbre.
- Antes de la aldea conocida: materiales aislados del Bronce Final, sin estratos de habitación demostrados.
- Siglos IX/VIII a. C.: fundación y desarrollo inicial de la comunidad de la Primera Edad del Hierro.
- Siglos VII-VI a. C.: fases de gran densidad constructiva a las que pertenecen muchas de las casas, anexos y depósitos estudiados.
- En torno al siglo IV a. C.: desplazamiento de la gravedad del poblamiento hacia el cercano Teso de las Catedrales, aunque la duración exacta de los últimos usos y el ritmo del cambio siguen siendo cuestiones abiertas.
- Después: en el Teso de las Catedrales se desarrollaron el castro de la Segunda Edad del Hierro y, más tarde, la Salmantica romana; el Cerro de San Vicente tuvo transformaciones medievales, modernas y contemporáneas.
La relación con la ciudad posterior es fundamental, pero no lineal. El cerro es un antecedente decisivo del poblamiento salmantino, no una «Salamanca» ya formada en sentido romano o medieval. El traslado hacia el Teso de las Catedrales vincula ambos lugares en una larga historia territorial; no permite suponer, sin pruebas adicionales, continuidad automática de instituciones, etnicidades o familias a lo largo de siglos.
Lo que todavía no sabemos
- No conocemos el nombre antiguo del asentamiento, la lengua de sus habitantes ni su organización política.
- No es posible fijar con precisión absoluta la fecha de fundación, todas las fases constructivas o el incendio de la casa 1.
- Las estimaciones de población, que han rondado los 250 habitantes para una fase final, son modelos de trabajo basados en grupos domésticos y tamaños familiares; no son un censo.
- La propuesta de una residencia multifamiliar y un vecindario virilocal o patrilocal es una hipótesis comparativa, no una red de parentesco demostrable persona por persona.
- La circulación de fayenza y vidrio acredita conexiones de larga distancia, pero no permite dibujar una única ruta ni identificar un mecanismo comercial exclusivo.
- La interpretación ritual de algunos edificios es plausible y relevante, pero carece de confirmación epigráfica.
- La adscripción de los habitantes a los vettones sigue siendo una cuestión abierta, no un hecho documentado.
Una aldea que obliga a mirar de otro modo Salamanca
El Cerro de San Vicente no es una cápsula intacta del pasado. Sus depósitos fueron modificados por incendios, abandonos, construcciones posteriores, excavaciones y tareas de conservación. Precisamente por eso su estudio exige una lectura paciente: distinguir un suelo de un relleno, un derrumbe de una clausura, una pieza fabricada probablemente en Egipto de su depósito mucho más tardío en Salamanca.
Su valor reside en que permite observar una comunidad de la Primera Edad del Hierro a una escala excepcionalmente concreta. Las casas de adobe revelan técnicas constructivas y reparación continua; los cenizales convierten el descarte en información; la cebada carbonizada confirma almacenamiento; los huesos muestran consumo, caza y posible tracción; los objetos orientalizantes sitúan al interior de la península en circuitos de circulación amplios. Cada hallazgo gana sentido al relacionarse con los demás.
La apertura del Museo del Cerro de San Vicente añade una dimensión contemporánea a esta historia. Visitar el lugar no significa entrar en una aldea congelada ni contemplar una reconstrucción completa del pasado. Significa aproximarse a un registro frágil y parcial, conservado bajo la ciudad histórica, y entender cómo la arqueología transforma barro, ceniza, hueso y piedra en conocimiento crítico.
La principal lección del Cerro de San Vicente no es que todo pueda saberse a partir de una excavación. Es que los materiales más humildes —un adobe reparado, un grano quemado, una esquirla de hueso, un objeto recirculado durante siglos— permiten recuperar prácticas reales, mientras que los nombres, las identidades y las creencias exigen una cautela mayor.
Antes de la Salmantica romana y antes de la Salamanca monumental, hubo aquí una aldea compleja. No fue un mero prólogo, sino una comunidad con arquitectura, trabajo, memoria material y conexiones propias. La arqueología urbana del Cerro de San Vicente la hace visible sin transformar sus incertidumbres en certezas.
Fuentes y lecturas
- La aldea del Hierro Inicial del Cerro de San Vicente (Salamanca, España): Resultados de las excavaciones entre 1990 y 2006 a la luz de algunos debates actuales — Sociedad de Ciencias Aranzadi / Munibe Antropologia-Arkeologia (academic publication)
- Arqueología doméstica del Hierro I meseteño: excavaciones de 2018 en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Universidad Complutense de Madrid, revista Complutum (academic publication)
- Un singular ambiente doméstico del Hierro I en el interior de la península ibérica: la casa 1 del Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Trabajos de Prehistoria (academic publication)
- Un santuario doméstico del siglo VII a. C. de culto a Hathor-Astarté en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Trabajos de Prehistoria (academic publication)
- Iron Age Connectivity Revealed by an Assemblage of Egyptian Faience in Central Iberia — Cambridge University Press, European Journal of Archaeology (academic publication)
- Archaeofauna from an Early Iron Age (900–500 BCE) village in Central Iberia: the role of meat consumption and secondary products in an extended household at Cerro de San Vicente (Salamanca, Spain) — Springer Nature, Archaeological and Anthropological Sciences (academic publication)
- El Cerro de San Vicente, Salamanca. Guía de lugares arqueológicos de Castilla y León — Junta de Castilla y León, Dirección General de Patrimonio Cultural (public institution)
- Novedades sobre el Hierro I en el occidente del Valle del Duero. Investigaciones recientes en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Universidad de Salamanca, repositorio GREDOS (university)
- Acta de la Comisión Informativa de Educación, Cultura, Deportes y Juventud, 29 de mayo de 2025 — Ayuntamiento de Salamanca (public institution)
- Las Noches del Patrimonio regresan con esta programación — Cadena SER, Radio Salamanca (reputable reference)


