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Cuaderno de Historia

Antes de Salmantica: la aldea de barro que la arqueología descubre en el Cerro de San Vicente

Bajo la Salamanca histórica, el Cerro de San Vicente conserva las huellas de una aldea de la Primera Edad del Hierro: viviendas de adobe, hogares, cenizales, cereal almacenado, restos animales y objetos vinculados a redes mediterráneas. La arqueología permite reconstruir prácticas cotidianas, pero también obliga a distinguir entre evidencias e hipótesis.

Redacción Legenda Mundi · · 31 min de lectura

Ficha del yacimiento. El Cerro de San Vicente se levanta en la margen derecha del Tormes, dentro de la Salamanca actual, a 805 metros sobre el nivel del mar. Su ocupación principal corresponde a la Primera Edad del Hierro, en una horquilla amplia de aproximadamente 850/800 a 400 a. C. Desde mayo de 2025, parte del lugar forma parte de la oferta patrimonial visitable de la ciudad a través del Museo del Cerro de San Vicente.

Cerro de San Vicente, Salamanca. Restos de una casa del poblado habitado durante la Edad del Hierro (siglos VII y V a.C.).
Cerro de San Vicente, Salamanca. Restos de una casa del poblado habitado durante la Edad del Hierro (siglos VII y V a.C.). Autoría: Danisd75. Wikimedia Commons · CC BY-SA 3.0. Imagen redimensionada para su presentación.

Una capa de ceniza, un suelo de barro rehecho varias veces, adobes quemados y un banco adosado a una pared: así empieza a aparecer el Cerro de San Vicente cuando se excava. No como una ciudad monumental ni mediante inscripciones que nombren a sus habitantes, sino a través de las huellas materiales de una aldea construida, reparada y habitada, cuyos últimos usos se produjeron hace más de dos milenios.

En este altozano, situado entre el Tormes y la vaguada de la Palma, la arqueología ha recuperado casas, anexos, hogares, zonas de trabajo y grandes depósitos de residuos. También ha encontrado cereales carbonizados, huesos de animales, molinos, cerámicas, restos de actividades metalúrgicas y objetos de procedencia o tradición mediterránea. En conjunto, esos materiales permiten reconstruir prácticas: dónde se encendía el fuego, cómo se almacenaba parte del cereal, qué animales se consumían o pudieron aprovecharse para trabajar y de qué modo una comunidad del interior peninsular participó indirectamente en redes de circulación de gran alcance.

Pero el cerro también muestra los límites del conocimiento arqueológico. No conocemos el nombre que sus habitantes daban al lugar, ni su lengua, ni sus instituciones políticas, ni la divinidad a la que pudieron dirigirse en determinados espacios. Tampoco es correcto presentar sin más a aquella comunidad como «vettona». La Salmantica romana es posterior, y no existen textos contemporáneos del poblado que permitan proyectar hacia atrás una identidad étnica demostrada.

Un altozano defendible, junto al río

Valencia, Spain in Wikipedia Manuel González Martí (Valencia, 1 de enero de 1877-Valencia, 4 de enero de 1972) fue un dibujante, historiador y erudito español fundador del Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí en 1954 y director de 1954 a 1972; fue también director durante los años 1940 del Museo de Bellas Artes de la misma ciudad. El Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí está ubicado en el palacio del Marqués de Dos Aguas, sito en la ciudad de Valencia (España). Se creó el 7 de febrero de 1947, a partir de la donación al Estado de la colección de cerámica de Manuel González Martí,inaugurándose como museo el 18 de junio de 1954. Durante siete años la colección tuvo su sede en el domicilio particular del fundador, mientras se realizaba la restauración del Palacio llevada a término entre 1950 y 1954, fecha en la que se instaló definitivamente el Museo Nacional de Cerámica.1 Artículo principal: Palacio del Marqués de Dos Aguas Declarado monumento histórico-artístico en 1941, el palacio fue comprado por el estado en 1949 para ubicar la colección de cerámica. Tras su primera rehabilitación para adecuar las salas como museo, desde entonces se han sucedido numerosas intervenciones que comprenden la restauración del inmueble, mejoras en su infraestructura y la renovación de los espacios museológicos. En el año 1990 el museo cerró para emprender una nueva restauración del edificio, según el proyecto del arquitecto Ginés Sánchez Hevia, abriendo de nuevo sus puertas al público en 1998.2 Colecciones Carroza de las Ninfas. En 1969, al haber incrementado sus fondos con numerosos objetos de mobiliario, indumentaria, pintura, etc. con especial interés en la tradición valenciana y sus autores autóctonos, se dispuso que el Museo exhibiera, junto con la cerámica, objetos de arte suntuario, pasando a denominarse "Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí".3 Patio de carruajes En la planta baja, después de pasar el vestíbulo, se encuentra el «patio de carruajes», como su nombre indica era el antiguo patio donde se guardaban los carruajes y se encontraban también los establos para los animales de tiro. Ahí se exponen la «carroza de las Ninfas», realizada por Hipólito Rovira e Ignacio Vergara y fechada en 1753, la del marqués de Llanera, de estilo imperio, y una silla de manos, de estilo rococó, también del siglo XVIII. Planta primera Sala roja, en el primer piso. La visita a este piso está estructurada para recorrer lo que eran las habitaciones particulares de los marqueses de Dos Aguas, todas decoradas con estucos y pinturas murales, se encuentran amuebladas con parte del mobiliario original como es la Sala de baile, la Sala roja, la Salita oriental, la llamada de la Porcelana con el mobiliario original realizado en Dresde con placas de cerámica incrustadas, así como son de porcelana de Meissen la lámpara y apliques junto con algunas figuras. En el dormitorio se encuentra una gran bañera de mármol blanco de Carrara y el techo está decorado con pinturas de Plácido Francés y Pascual realizadas en 1862. Fragmento de tejido copto, (34 x 23 cm) perteneciente a la colección del museo. Los pavimentos están realizados con marquetería de mármol de diferentes colores, donde se puede ver las iniciales «MD» correspondientes al Marqués de Dos Aguas. En todas estas salas se pueden admirar pinturas y objetos variados, relojes, jarrones etc. como complemento de la exquisita decoración de la época.4 Indumentaria Desde sus primeros años de creación el museo recibió valiosas y numerosas donaciones de colecciones de trajes antiguos, su presentación se realizó con los trajes colocados sobre maniquíes de madera en color natural, para no distraer la atención del espectador, estos vestidos se presentaban con complementos de sombrillas, sombreros, mantillas o abanicos.3 La exposición de esta manera hacía sufrir a las prendas, debido a la luz y el polvo que se acumulaba sobre ellas y que ocasionaba un deterioro considerable, con lo que se llegó al acuerdo de retirar la presentación permanente y editar catálogos de estos fondos, a la vez que organizar exposiciones temporales donde irlos mostrando al público.5 Dentro de la colección de tejidos e indumentaria, se encuentran una serie de doce fragmentos decorativos de textiles coptos, destacan una tabulae decorada con hojas de parra datada entre 140-380 d.C., otro tejido con bandas policromas de entre el 210-390 d.C y un fragmento con una decoración sobre fondo oscuro con modelos bicromos, tomados seguramente de modelos de mosaicos geométricos, datado de entre el 250-420 d.C.6 Otro de estos fragmentos tiene el fondo color naranja, se encuentra dividido en tres franjas decorativas, en la central aparecen amorcillos corriendo con patos y en las laterales se encuentran roleos con jinetes en su interior.7 Esta colección fue comprada en el Rastro de Madrid en el año 1964 por el propio González Martí, se encontraban montados sobre cartones y con el texto en idioma francés TISSUS COPTES/III-VI SIÈCLE.8 Pintura Desnudo de frente de Ignasi Pinazo. Entre el coleccionismo variado de Manuel González Martí se encontraba la pintura. Aunque parte de la misma pasó a manos de sus herederos, el fondo del museo mantiene algunas obras como una Inmaculada Concepción (1860) del pintor valenciano José Vicente Pérez y Vela. Una pieza que se encuentra en la capilla del Museo, es un San Vicente Mártir, adquirido en 1917, de autor anónimo datado de principios del siglo XVII y procedente del exclaustrado monasterio cisterciense de Santa María de Benifassà.9 Otra cantidad importante de pintura ingresó en el museo, gracias a la intervención de su fundador, a través de la Junta Delegada de Incautación y Protección del Tesoro Artístico de Valencia, que había sido la encargada de salvaguardar objetos artísticos al comienzo de la guerra civil española.10 Entre estas obras se encuentran dos óleos que representan a San Francisco de Asís y a San Vicente Ferrer, seguramente ejercían la función de puertas de sagrario, y pudieran ser obras del pintor Nicolás Borrás, discípulo de Joan de Joanes, ya que tienen gran parecido con obras de este autor conservadas en la catedral de Orihuela. Aunque la mayoría de pinturas son de carácter religioso, se pueden contemplar retratos del siglo XVII, de Luis XVI rey de Francia y su esposa María Antonieta de Austria, copia de unos originales del mismo siglo que se conservan en el Palacio de Versalles. Otra pareja de pinturas de paisaje en formato oval seguramente para formar un pendant, representan un Paisaje campestre al atardecer y una Vista de un puerto al amanecer con clara influencia de la pintura holandesa.11 Algunas otras aportaciones proceden de diversas donaciones de colecciones particulares o de los propios artistas, la mayoría de los siglos XIX y XX. Destacan autores como Ricardo Verde Rubio, José Benlliure o del pintor Ignasi Pinazo i Camarlench.12 Planta segunda Fuente medieval de azulejería, datada en el siglo XIII (cuadrante 79 × 79 cm y profundidad 30 cm). Plato-brasero con heráldica del Reino de Valencia. Procedente de Manises (siglo XV). Tondo italiano procedente del Monasterio de la Trinidad de Valencia. Panel de las Santas Justa y Rufina (siglo XVIII) expuesto en un muro de la sala de la cocina. Toda esta planta se ha dedicado a la exhibición de cerámica de uso o adorno o como elemento arquitectónico. Del contenido del Museo destacan la colección de cerámica medieval cristiana procedente de Manises y Paterna; un conjunto de cerámicas de la antigüedad: griegas, ibéras y romanas; una producción de azulejos medievales valencianos y producciones de la Real Fábrica de Alcora. La primera colección donada por su fundador González Martí, constaba de de unas seis mil piezas en su mayoría cerámicas que comprendían desde la época medieval hasta lozas populares del siglo XIX. Se encuentra expuesta repartida en las diversas salas de esta segunda planta del palacio.5 Cerámica El recorrido se ha conformado de manera cronológica, por lo que en primer lugar se encuentra en una sala paneles con explicaciones sobre la evolución de la cerámica desde el neolítico, con muestras de materiales y explicación de las técnicas empleadas, se exhiben piezas de diversas culturas como la griega, íbera y romana. La cerámica hispano morisca está bien representada principalmente con piezas de la zona valenciana de talleres musulmanes, destacan las procedentes de entre los siglos XIII y XIV decoradas en verde y manganeso, con cubierta estannífera blanca, las de reflejos metálicos y las que empleaban el azul cobalto. Destaca del siglo XIII una fuente de jardín de origen musulmán, encontrada en la plaza de la Figuereta de Valencia, que está realizada con azulejos en color verde, blanco y negro formando dibujos geométricos.13 Todos estos tipos de cerámicas de introducción musulmana dieron paso a las bases técnicas de la cerámica de producción española y cristiana a partir de Málaga hasta su llegada a tierras valencianas.14 La colección del museo muestra importantes obras de diversos lugares, tanto de origen italiano como nacional de Teruel, Cataluña o Paterna. En el siglo XV la cerámica de Manises de loza dorada obtuvo un gran éxito en su producción, la mayor parte para el servicio de la nobleza, que se exportaba a toda Europa, realizando además en ese mismo centro otras series más populares, de todas ellas hay una buena exposición en la colección del museo.15 En la época del renacimiento, Florencia fue productora, a través de la familia Della Robbia, de una cerámica policromada vidriada de carácter devocional, que por medio de su comercio continental llegó también a la península Ibérica. El museo tiene una obra de estas características, que fue la primera comprada para el Museo por el Estado en 1943, se trata de un tondo florentino del siglo XVI, con la representación de una Virgen con Niño, atribuido a los talleres de Benedetto Buglioni y que hasta el año 1923 se encontraba instalado en el tímpano de la puerta del Real monasterio de la Trinidad de Valencia.16 La azulejería para pavimentos con divisas o escudos heráldicos eran encargos realizados por instituciones para sus sedes o por la nobleza. Se encuentran visibles fragmentos procedentes de diversos palacios valencianos. Otras piezas empleadas para la arquitectura son los socarrats, cuyo formato mayor se destinaba al entrevigado de techos interiores, mientras los de menor tamaño se utilizaron componiendo frisos en terrazas, escaleras u otros lugares. Las piezas valencianas se exhiben con otras referentes de la misma época de producción española e italiana.15 Hasta el siglo XVIII, se comprueba en la exposición que las piezas de loza dorada se extendió su producción hacia Cataluña, Aragón, aunque a partir de la expulsión de los moriscos en el siglo XVII las decoraciones se simplifican, dejando paso poco a poco a la influencia por parte italiana en la policromía, así como la porcelana china y sus imitaciones. Centro innovador de la porcelana valenciana en el siglo XVIII fue la producción de la Real Fábrica de Alcora que se encargó de imitar el gusto del barroco francés y la decoración rocaille en piezas destinadas a vajillas y objetos de ornato. El museo posee desde el año 2012 un Belén napolitano del siglo XVIII, conjunto similar a los que poseen el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, el Museo Nacional de Artes Decorativas y la Fundación March de Palma. El conjunto se compone de 29 figuras que oscilan entre los 10 y 40 cm de altura, realizadas con el cuerpo de alambre recubierto con estopa, las extremidades de madera y la cabeza en terracota, engalanadas con finas vestiduras de la época y ricos complementos de toda índole.17 Cocina valenciana instalada en el museo. La llegada del modernismo hizo recuperar la cerámica de reflejo metálico como aplicación para la decoración arquitectónica de exterior e interior de edificios, así como objetos decorativos. Junto a bustos austriacos de este estilo se encuentran piezas del escultor valenciano Mariano Benlliure. La cerámica de autor está representada en la última sala de esta planta con diversas obras de autores del siglo XX, entre ellas se encuentran unas piezas donadas por Pablo Picasso.15 En una sala adaptada especialmente se conserva la representación de una cocina típica valenciana, tal como la diseñó Manuel González Martí, con azulejería para zócolos y frisos junto con paneles decorativos de los siglos XVIII y XIX. La decoración de esta pieza se complementa con vasijas de cerámica y objetos de cobre populares de esta misma época.15 Uno de los paneles cerámicos expuestos es el que representa las Santas Justa y Rufina datado entre 1780-1790 y realizado con doce azulejos, aunque iconográficamente a estas santas se las representa siempre con la torre de la Giralda, en este caso la torre diseñada está inspirada en el campanario de la catedral de Valencia, y las piezas de cerámica que se encuentran depositadas en el suelo son claro ejemplo de la loza de Manises.18
Valencia, Spain in Wikipedia Manuel González Martí (Valencia, 1 de enero de 1877-Valencia, 4 de enero de 1972) fue un dibujante, historiador y erudito español fundador del Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí en 1954 y director de 1954 a 1972; fue también director durante los años 1940 del Museo de Bellas Artes de la misma ciudad. El Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí está ubicado en el palacio del Marqués de Dos Aguas, sito en la ciudad de Valencia (España). Se creó el 7 de febrero de 1947, a partir de la donación al Estado de la colección de cerámica de Manuel González Martí,inaugurándose como museo el 18 de junio de 1954. Durante siete años la colección tuvo su sede en el domicilio particular del fundador, mientras se realizaba la restauración del Palacio llevada a término entre 1950 y 1954, fecha en la que se instaló definitivamente el Museo Nacional de Cerámica.1 Artículo principal: Palacio del Marqués de Dos Aguas Declarado monumento histórico-artístico en 1941, el palacio fue comprado por el estado en 1949 para ubicar la colección de cerámica. Tras su primera rehabilitación para adecuar las salas como museo, desde entonces se han sucedido numerosas intervenciones que comprenden la restauración del inmueble, mejoras en su infraestructura y la renovación de los espacios museológicos. En el año 1990 el museo cerró para emprender una nueva restauración del edificio, según el proyecto del arquitecto Ginés Sánchez Hevia, abriendo de nuevo sus puertas al público en 1998.2 Colecciones Carroza de las Ninfas. En 1969, al haber incrementado sus fondos con numerosos objetos de mobiliario, indumentaria, pintura, etc. con especial interés en la tradición valenciana y sus autores autóctonos, se dispuso que el Museo exhibiera, junto con la cerámica, objetos de arte suntuario, pasando a denominarse "Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias González Martí".3 Patio de carruajes En la planta baja, después de pasar el vestíbulo, se encuentra el «patio de carruajes», como su nombre indica era el antiguo patio donde se guardaban los carruajes y se encontraban también los establos para los animales de tiro. Ahí se exponen la «carroza de las Ninfas», realizada por Hipólito Rovira e Ignacio Vergara y fechada en 1753, la del marqués de Llanera, de estilo imperio, y una silla de manos, de estilo rococó, también del siglo XVIII. Planta primera Sala roja, en el primer piso. La visita a este piso está estructurada para recorrer lo que eran las habitaciones particulares de los marqueses de Dos Aguas, todas decoradas con estucos y pinturas murales, se encuentran amuebladas con parte del mobiliario original como es la Sala de baile, la Sala roja, la Salita oriental, la llamada de la Porcelana con el mobiliario original realizado en Dresde con placas de cerámica incrustadas, así como son de porcelana de Meissen la lámpara y apliques junto con algunas figuras. En el dormitorio se encuentra una gran bañera de mármol blanco de Carrara y el techo está decorado con pinturas de Plácido Francés y Pascual realizadas en 1862. Fragmento de tejido copto, (34 x 23 cm) perteneciente a la colección del museo. Los pavimentos están realizados con marquetería de mármol de diferentes colores, donde se puede ver las iniciales «MD» correspondientes al Marqués de Dos Aguas. En todas estas salas se pueden admirar pinturas y objetos variados, relojes, jarrones etc. como complemento de la exquisita decoración de la época.4 Indumentaria Desde sus primeros años de creación el museo recibió valiosas y numerosas donaciones de colecciones de trajes antiguos, su presentación se realizó con los trajes colocados sobre maniquíes de madera en color natural, para no distraer la atención del espectador, estos vestidos se presentaban con complementos de sombrillas, sombreros, mantillas o abanicos.3 La exposición de esta manera hacía sufrir a las prendas, debido a la luz y el polvo que se acumulaba sobre ellas y que ocasionaba un deterioro considerable, con lo que se llegó al acuerdo de retirar la presentación permanente y editar catálogos de estos fondos, a la vez que organizar exposiciones temporales donde irlos mostrando al público.5 Dentro de la colección de tejidos e indumentaria, se encuentran una serie de doce fragmentos decorativos de textiles coptos, destacan una tabulae decorada con hojas de parra datada entre 140-380 d.C., otro tejido con bandas policromas de entre el 210-390 d.C y un fragmento con una decoración sobre fondo oscuro con modelos bicromos, tomados seguramente de modelos de mosaicos geométricos, datado de entre el 250-420 d.C.6 Otro de estos fragmentos tiene el fondo color naranja, se encuentra dividido en tres franjas decorativas, en la central aparecen amorcillos corriendo con patos y en las laterales se encuentran roleos con jinetes en su interior.7 Esta colección fue comprada en el Rastro de Madrid en el año 1964 por el propio González Martí, se encontraban montados sobre cartones y con el texto en idioma francés TISSUS COPTES/III-VI SIÈCLE.8 Pintura Desnudo de frente de Ignasi Pinazo. Entre el coleccionismo variado de Manuel González Martí se encontraba la pintura. Aunque parte de la misma pasó a manos de sus herederos, el fondo del museo mantiene algunas obras como una Inmaculada Concepción (1860) del pintor valenciano José Vicente Pérez y Vela. Una pieza que se encuentra en la capilla del Museo, es un San Vicente Mártir, adquirido en 1917, de autor anónimo datado de principios del siglo XVII y procedente del exclaustrado monasterio cisterciense de Santa María de Benifassà.9 Otra cantidad importante de pintura ingresó en el museo, gracias a la intervención de su fundador, a través de la Junta Delegada de Incautación y Protección del Tesoro Artístico de Valencia, que había sido la encargada de salvaguardar objetos artísticos al comienzo de la guerra civil española.10 Entre estas obras se encuentran dos óleos que representan a San Francisco de Asís y a San Vicente Ferrer, seguramente ejercían la función de puertas de sagrario, y pudieran ser obras del pintor Nicolás Borrás, discípulo de Joan de Joanes, ya que tienen gran parecido con obras de este autor conservadas en la catedral de Orihuela. Aunque la mayoría de pinturas son de carácter religioso, se pueden contemplar retratos del siglo XVII, de Luis XVI rey de Francia y su esposa María Antonieta de Austria, copia de unos originales del mismo siglo que se conservan en el Palacio de Versalles. Otra pareja de pinturas de paisaje en formato oval seguramente para formar un pendant, representan un Paisaje campestre al atardecer y una Vista de un puerto al amanecer con clara influencia de la pintura holandesa.11 Algunas otras aportaciones proceden de diversas donaciones de colecciones particulares o de los propios artistas, la mayoría de los siglos XIX y XX. Destacan autores como Ricardo Verde Rubio, José Benlliure o del pintor Ignasi Pinazo i Camarlench.12 Planta segunda Fuente medieval de azulejería, datada en el siglo XIII (cuadrante 79 × 79 cm y profundidad 30 cm). Plato-brasero con heráldica del Reino de Valencia. Procedente de Manises (siglo XV). Tondo italiano procedente del Monasterio de la Trinidad de Valencia. Panel de las Santas Justa y Rufina (siglo XVIII) expuesto en un muro de la sala de la cocina. Toda esta planta se ha dedicado a la exhibición de cerámica de uso o adorno o como elemento arquitectónico. Del contenido del Museo destacan la colección de cerámica medieval cristiana procedente de Manises y Paterna; un conjunto de cerámicas de la antigüedad: griegas, ibéras y romanas; una producción de azulejos medievales valencianos y producciones de la Real Fábrica de Alcora. La primera colección donada por su fundador González Martí, constaba de de unas seis mil piezas en su mayoría cerámicas que comprendían desde la época medieval hasta lozas populares del siglo XIX. Se encuentra expuesta repartida en las diversas salas de esta segunda planta del palacio.5 Cerámica El recorrido se ha conformado de manera cronológica, por lo que en primer lugar se encuentra en una sala paneles con explicaciones sobre la evolución de la cerámica desde el neolítico, con muestras de materiales y explicación de las técnicas empleadas, se exhiben piezas de diversas culturas como la griega, íbera y romana. La cerámica hispano morisca está bien representada principalmente con piezas de la zona valenciana de talleres musulmanes, destacan las procedentes de entre los siglos XIII y XIV decoradas en verde y manganeso, con cubierta estannífera blanca, las de reflejos metálicos y las que empleaban el azul cobalto. Destaca del siglo XIII una fuente de jardín de origen musulmán, encontrada en la plaza de la Figuereta de Valencia, que está realizada con azulejos en color verde, blanco y negro formando dibujos geométricos.13 Todos estos tipos de cerámicas de introducción musulmana dieron paso a las bases técnicas de la cerámica de producción española y cristiana a partir de Málaga hasta su llegada a tierras valencianas.14 La colección del museo muestra importantes obras de diversos lugares, tanto de origen italiano como nacional de Teruel, Cataluña o Paterna. En el siglo XV la cerámica de Manises de loza dorada obtuvo un gran éxito en su producción, la mayor parte para el servicio de la nobleza, que se exportaba a toda Europa, realizando además en ese mismo centro otras series más populares, de todas ellas hay una buena exposición en la colección del museo.15 En la época del renacimiento, Florencia fue productora, a través de la familia Della Robbia, de una cerámica policromada vidriada de carácter devocional, que por medio de su comercio continental llegó también a la península Ibérica. El museo tiene una obra de estas características, que fue la primera comprada para el Museo por el Estado en 1943, se trata de un tondo florentino del siglo XVI, con la representación de una Virgen con Niño, atribuido a los talleres de Benedetto Buglioni y que hasta el año 1923 se encontraba instalado en el tímpano de la puerta del Real monasterio de la Trinidad de Valencia.16 La azulejería para pavimentos con divisas o escudos heráldicos eran encargos realizados por instituciones para sus sedes o por la nobleza. Se encuentran visibles fragmentos procedentes de diversos palacios valencianos. Otras piezas empleadas para la arquitectura son los socarrats, cuyo formato mayor se destinaba al entrevigado de techos interiores, mientras los de menor tamaño se utilizaron componiendo frisos en terrazas, escaleras u otros lugares. Las piezas valencianas se exhiben con otras referentes de la misma época de producción española e italiana.15 Hasta el siglo XVIII, se comprueba en la exposición que las piezas de loza dorada se extendió su producción hacia Cataluña, Aragón, aunque a partir de la expulsión de los moriscos en el siglo XVII las decoraciones se simplifican, dejando paso poco a poco a la influencia por parte italiana en la policromía, así como la porcelana china y sus imitaciones. Centro innovador de la porcelana valenciana en el siglo XVIII fue la producción de la Real Fábrica de Alcora que se encargó de imitar el gusto del barroco francés y la decoración rocaille en piezas destinadas a vajillas y objetos de ornato. El museo posee desde el año 2012 un Belén napolitano del siglo XVIII, conjunto similar a los que poseen el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, el Museo Nacional de Artes Decorativas y la Fundación March de Palma. El conjunto se compone de 29 figuras que oscilan entre los 10 y 40 cm de altura, realizadas con el cuerpo de alambre recubierto con estopa, las extremidades de madera y la cabeza en terracota, engalanadas con finas vestiduras de la época y ricos complementos de toda índole.17 Cocina valenciana instalada en el museo. La llegada del modernismo hizo recuperar la cerámica de reflejo metálico como aplicación para la decoración arquitectónica de exterior e interior de edificios, así como objetos decorativos. Junto a bustos austriacos de este estilo se encuentran piezas del escultor valenciano Mariano Benlliure. La cerámica de autor está representada en la última sala de esta planta con diversas obras de autores del siglo XX, entre ellas se encuentran unas piezas donadas por Pablo Picasso.15 En una sala adaptada especialmente se conserva la representación de una cocina típica valenciana, tal como la diseñó Manuel González Martí, con azulejería para zócolos y frisos junto con paneles decorativos de los siglos XVIII y XIX. La decoración de esta pieza se complementa con vasijas de cerámica y objetos de cobre populares de esta misma época.15 Uno de los paneles cerámicos expuestos es el que representa las Santas Justa y Rufina datado entre 1780-1790 y realizado con doce azulejos, aunque iconográficamente a estas santas se las representa siempre con la torre de la Giralda, en este caso la torre diseñada está inspirada en el campanario de la catedral de Valencia, y las piezas de cerámica que se encuentran depositadas en el suelo son claro ejemplo de la loza de Manises.18 Autoría: Pedro Ribeiro Simões from Lisboa, Portugal. Wikimedia Commons · CC BY 2.0. Imagen redimensionada para su presentación.

El emplazamiento explica una parte importante de esta historia. El Cerro de San Vicente es una elevación de arenisca eocena cuyos escarpes meridional y noroccidental se alzan en torno a 30 metros sobre el Tormes. Tres de sus frentes eran, por tanto, abruptos. El punto más accesible se encontraba hacia el noreste, en el cuello que comunicaba el cerro con el terreno circundante. Allí se construyó la defensa conocida del poblado.

La excavación identificó los cimientos de una muralla a lo largo de unos 35 metros. Tenía entre dos y tres metros de anchura y alcanzaba hasta 1,4 metros de altura conservada; el trazado original se ha estimado en unos 90 metros. Conviene imaginarla con precisión: no era una muralla de sillares como las defensas urbanas de épocas posteriores, sino una estructura de tierra, piedra y barro. Su capacidad defensiva dependía de la combinación entre obra humana y topografía.

La proximidad del Tormes y del entorno inmediato situaba el poblado junto a un río y cerca de espacios aptos para distintas actividades. Vincular esa posición con cultivos, pastos y corredores de tránsito es una inferencia geográfica razonable, no la prueba de una ruta concreta. La proximidad de corredores históricos de paso norte-sur hace plausible que la zona formara parte de territorios conectados, pero no autoriza a afirmar que la Vía de la Plata romana existiera ya, idéntica, en la Edad del Hierro.

Las cifras sobre el tamaño del asentamiento exigen la misma cautela. Algunas publicaciones calculan unos 1,3 hectáreas para la superficie intramuros definida por el cierre defensivo; otras amplían el área hasta aproximadamente 2,5 hectáreas al incluir estructuras detectadas fuera de esa barrera; un estudio reciente emplea 1,6 hectáreas para el espacio amurallado. No son necesariamente datos incompatibles: miden perímetros arqueológicos distintos. La lección es sencilla: la extensión de un poblado depende de qué se considere recinto, área habitada o zona de actividad.

Excavar una aldea bajo la ciudad

La arqueología del Cerro de San Vicente comenzó antes de que hubiera una excavación sistemática. En 1949 se recuperaron materiales que Juan Maluquer de Motes reconoció en 1951. Los trabajos arqueológicos regulares arrancaron en 1990. Desde entonces, la investigación ha avanzado entre intervenciones de investigación, arqueología preventiva, obras de conservación y musealización. Es una historia especialmente significativa porque el yacimiento se encuentra dentro de una ciudad viva y bajo una larga superposición de usos posteriores.

La gran excavación en área abierta de 2005 y 2006 mostró la ventaja de observar un barrio entero, y no solo una zanja o un sondeo. En unos 600 metros cuadrados de las ocupaciones superiores aparecieron cinco viviendas completas, otra parcialmente conservada y trece estructuras subsidiarias. Cerca de 400 metros cuadrados fueron consolidados y cubiertos para su visita. El resultado no fue un plano ordenado por calles rectas, sino un tejido compacto de casas, pequeños anexos, espacios de paso, patios y lugares destinados a tareas cotidianas o al descarte.

Las campañas recientes han añadido nuevas herramientas. Antes de excavar en 2018 se empleó georradar para detectar anomalías bajo tierra y orientar la intervención. La estratigrafía permite seguir la sucesión de suelos, rellenos, derrumbes e incendios; la excavación extensiva revela relaciones espaciales entre edificios; el muestreo microarqueológico y los estudios de restos vegetales hacen visible lo que el ojo no distingue en una capa de tierra; la zooarqueología estudia los huesos; y los análisis químicos y tecnológicos precisan la composición y posible procedencia de objetos vítreos.

Cada método responde a una pregunta diferente. Un muro puede informar de una técnica constructiva; un grano carbonizado, de almacenamiento o procesamiento; un hueso con marcas de corte, de carnicería y consumo; una cuenta de fayenza, de una historia de fabricación y circulación. Ninguno de ellos revela por sí solo un nombre de persona, una lengua o una identidad colectiva. Esta diferencia entre evidencia e interpretación resulta central para leer el cerro.

Casas de barro, hogares y paredes que también tuvieron color

El poblado fue una aldea de elevada densidad constructiva. Sus edificios se hicieron principalmente con adobe, aunque también se han documentado manteados de barro con improntas de entramado vegetal o leñoso. Las viviendas circulares son muy visibles en el registro, pero no estuvieron solas: las plantas redondas y rectangulares convivieron desde los niveles fundacionales conocidos. No hay base, por tanto, para describir una evolución simple en la que una forma sustituyera linealmente a la otra.

En las casas circulares de la fase superior aparecen hogares centrales y bancos adosados al muro opuesto a la entrada. También se han documentado vestíbulos, patios y medidas prácticas contra la lluvia, como aceras perimetrales de adobe inclinadas para facilitar la evacuación del agua. Son detalles de gran valor porque devuelven movimiento a una arquitectura que a menudo se imagina inmóvil: las personas entraban y salían, encendían el fuego, reparaban el pavimento y adaptaban los umbrales a la humedad y al tránsito.

Lo que no se conserva obliga, sin embargo, a no completar el paisaje con excesiva seguridad. Los restos permiten conocer zócalos, alzados de tierra, revestimientos y ciertas soluciones constructivas; la forma exacta de todas las cubiertas y muchos detalles de los alzados siguen siendo objeto de reconstrucción. Las imágenes que representen el poblado como un conjunto completo de casas deben identificarse siempre como recreaciones arqueológicas hipotéticas, no como una visión literal del pasado.

La llamada casa 1 muestra hasta qué punto una vivienda puede tener biografía. En ella se reconoció una prolongada secuencia de reparaciones y varios suelos renovados. Conservaba mobiliario de barro y presenta un incendio seguido por un sellado con adobes. Entre sus materiales destacan concentraciones de molinos, vajilla fina y útiles relacionados con el hilado o con la alfarería. Además, se conservaron restos de pintura mural roja, negra y blanca. El hallazgo corrige un prejuicio moderno: una construcción de tierra no tiene por qué haber sido pobre, provisional ni monocroma.

La casa 1 también plantea un debate. Sus bancos, las actividades documentadas y su trayectoria constructiva han llevado a proponer que pudo ser un edificio de relevancia colectiva dentro del vecindario, no solo una unidad doméstica mínima. Es una interpretación fundada, no la demostración de que fuese un palacio, la residencia de un jefe o una sede institucional. Del mismo modo, el incendio no demuestra automáticamente un ataque, un accidente o una ceremonia: el patrón de combustión, retirada de objetos y clausura posterior permite proponer un abandono ritualizado, pero la intención social de aquel acto no puede leerse de manera directa.

Los cenizales: la basura como archivo de la vida cotidiana

Fuera y entre las construcciones se acumularon cenizales: depósitos formados por limpiezas repetidas de hogares y espacios domésticos. Contienen cenizas, restos vegetales carbonizados, huesos, cerámica rota y piezas metálicas. Parecen basura, y en efecto lo son; pero esa basura se ha convertido en uno de los archivos más ricos del yacimiento.

Los cenizales permiten aproximarse a tareas ordinarias que rara vez dejan monumentos. En ellos aparecen indicios del uso de molinos barquiformes de granito, recipientes de almacenaje, vasijas de cocina y de consumo, así como herramientas de hueso, hierro y bronce. También se han hallado crisoles, escorias y goterones que apuntan a labores de producción o mantenimiento metalúrgico. Junto a ello, algunos materiales se relacionan con el hilado. La aldea no fue una suma de casas cerradas sobre sí mismas: una parte decisiva del trabajo se desarrollaba en los intersticios entre edificios.

Ahora bien, un cenizal no es una fotografía intacta del interior de una vivienda. Sus materiales fueron seleccionados, arrastrados, mezclados y redepositados a lo largo del tiempo. Que un hueso o un fragmento cerámico aparezca en él no significa que estuviera allí en el último momento de uso de una casa concreta. La arqueología puede reconstruir pautas reiteradas de limpieza, descarte y actividad; tiene más dificultades para devolver una escena puntual.

Una estructura menor aportó gran cantidad de cebada carbonizada y se interpreta como un granero o troje. La conclusión más sólida es que parte del cereal se almacenaba en el vecindario. Sería imprudente ir más lejos: el hallazgo no permite calcular las cosechas de toda la comunidad ni demostrar que todas las casas administraran sus reservas del mismo modo. El grano carbonizado es una evidencia muy precisa sobre aquel depósito, pero no un censo de la economía del poblado.

Carne, trabajo animal y recursos del río

El estudio zooarqueológico publicado en 2026 analizó 5.212 restos faunísticos procedentes de un sector concreto del asentamiento. Entre los especímenes identificados predominan los caprinos; les siguen los bóvidos, los suidos y los équidos. También se recuperaron restos de ciervo, liebre, ave, una evidencia de salmón y moluscos fluviales.

Este conjunto permite describir un aprovisionamiento diversificado. Los animales domésticos proporcionaban una parte esencial de la carne y, probablemente, otros recursos secundarios; la caza complementaba esa dieta, y los peces y moluscos documentados muestran el aprovechamiento ocasional de recursos fluviales. Las marcas de corte y de combustión observadas en los huesos hablan de procesado y consumo. No convierten el menú de una casa en el menú de toda la aldea, pero sí muestran prácticas repetidas en el sector estudiado.

Algunos bovinos llegaron a edades avanzadas y presentan patologías compatibles con tracción. La formulación importa: esas alteraciones son compatibles con que ciertos animales fueran empleados en trabajos de tiro antes de su sacrificio; no prueban por sí solas cada tarea concreta ni permiten reconstruir el sistema agrario completo. Aun así, abren una ventana poderosa a una economía en la que el ganado podía aportar carne y fuerza de trabajo.

La escala de la muestra debe mantenerse a la vista. El análisis procede de una zona determinada, vinculada a un vecindario excavado, no de una recogida exhaustiva de toda la superficie del poblado. Por eso no conviene convertir la presencia de caballo, perro, ciervo o salmón en relatos cerrados sobre prestigio, ritual, escasez o hábitos universales. La zooarqueología es especialmente valiosa cuando se lee junto con sus contextos y sus proporciones.

Un amuleto de Hathor no prueba una visita egipcia

Entre los hallazgos de las campañas recientes hay cuentas, fragmentos de fayenza y vidrio, cerámicas de engobe rojo de tradición fenicia y un amuleto asociado iconográficamente a Hathor. Son objetos pequeños, pero su importancia es enorme: obligan a abandonar la imagen de un interior peninsular completamente aislado de las dinámicas mediterráneas.

Los análisis macroscópicos y químicos indican una probable fabricación egipcia de buena parte del conjunto vítreo. Pero la cronología de los objetos es decisiva. Varias piezas habrían sido fabricadas en el segundo milenio a. C. y depositadas en Salamanca mucho después, en un contexto del siglo VII a. C. Un objeto puede circular, conservarse, intercambiarse y recibir nuevos significados durante siglos.

Por ello, el hallazgo no demuestra un contacto directo entre habitantes del Cerro de San Vicente y personas llegadas de Egipto, ni una transacción única con comerciantes fenicios. Lo que sí acredita es la llegada al poblado de materiales insertos en redes de larga distancia, mediante una cadena de mediaciones imposible de reconstruir por completo. La ruta, el número de intermediarios y la forma concreta de cada intercambio permanecen abiertos.

La fayenza y el vidrio aparecen diferenciados en el conjunto arqueológico, y no deben tratarse como objetos indistintos de la cerámica cotidiana o de los instrumentos de molienda. Su presencia permite estudiar trayectorias de fabricación y circulación de larga duración; por sí sola, sin embargo, no permite fijar el valor social exacto que tuvieron para quienes los depositaron.

¿Un santuario doméstico? La potencia y el límite de una hipótesis

La asociación de ciertos objetos orientalizantes, sus contextos arqueológicos y algunos edificios ha llevado al equipo investigador a proponer ámbitos ceremoniales domésticos, incluso un posible culto relacionado con Hathor-Astarté. Es una de las interpretaciones más sugestivas del Cerro de San Vicente y está respaldada por una combinación relevante de iconografía, asociación material y espacio excavado.

Sin embargo, debe enunciarse como lo que es: una inferencia arqueológica. No se ha hallado una inscripción que nombre a una divinidad, ni un texto que describa el rito, ni una declaración indígena sobre el significado de aquellos objetos. Por eso resulta más riguroso hablar de «posible santuario doméstico» o de «ámbito ritual doméstico interpretado por los excavadores» que de un templo inequívoco. La palabra templo introduce asociaciones arquitectónicas e institucionales que el registro no obliga a aceptar.

Este debate no debilita el hallazgo; al contrario, muestra cómo trabaja la investigación histórica. Los arqueólogos no se limitan a inventariar piezas: estudian dónde estaban, con qué aparecieron, qué usos previos tuvieron y cómo se relacionan con otros espacios. Después proponen explicaciones que pueden ser más o menos robustas. En el cerro, la evidencia permite defender la importancia especial de determinados depósitos y edificios; la identificación exacta de una divinidad local sigue sin demostrarse.

Fechas amplias y un desplazamiento hacia el Teso de las Catedrales

La cronología general del asentamiento se sitúa aproximadamente entre 850/800 y 400 a. C. Buena parte de los sectores excavados se adscribe, por estratigrafía y tipología, a los siglos VII y VI a. C. Hay materiales aislados vinculables al Bronce Final, como fragmentos de Cogotas I, pero no se han documentado niveles de ocupación que prueben la existencia de una aldea anterior en el cerro.

La precisión tiene un obstáculo técnico importante: la llamada meseta de Hallstatt en la curva de radiocarbono. En determinados siglos, las dataciones radiocarbónicas ofrecen rangos muy amplios y dificultan separar fases cercanas. Además, una muestra de carbón no equivale automáticamente a la fecha de construcción, uso o destrucción de una casa: puede proceder de madera vieja o de un residuo redepositado. Por eso las fechas se construyen combinando radiocarbono, estratigrafía, tipología cerámica y otros indicios, sin que desaparezca toda la incertidumbre.

  1. Antes de la aldea conocida: materiales aislados del Bronce Final, sin estratos de habitación demostrados.
  2. Siglos IX/VIII a. C.: fundación y desarrollo inicial de la comunidad de la Primera Edad del Hierro.
  3. Siglos VII-VI a. C.: fases de gran densidad constructiva a las que pertenecen muchas de las casas, anexos y depósitos estudiados.
  4. En torno al siglo IV a. C.: desplazamiento de la gravedad del poblamiento hacia el cercano Teso de las Catedrales, aunque la duración exacta de los últimos usos y el ritmo del cambio siguen siendo cuestiones abiertas.
  5. Después: en el Teso de las Catedrales se desarrollaron el castro de la Segunda Edad del Hierro y, más tarde, la Salmantica romana; el Cerro de San Vicente tuvo transformaciones medievales, modernas y contemporáneas.

La relación con la ciudad posterior es fundamental, pero no lineal. El cerro es un antecedente decisivo del poblamiento salmantino, no una «Salamanca» ya formada en sentido romano o medieval. El traslado hacia el Teso de las Catedrales vincula ambos lugares en una larga historia territorial; no permite suponer, sin pruebas adicionales, continuidad automática de instituciones, etnicidades o familias a lo largo de siglos.

Lo que todavía no sabemos

  • No conocemos el nombre antiguo del asentamiento, la lengua de sus habitantes ni su organización política.
  • No es posible fijar con precisión absoluta la fecha de fundación, todas las fases constructivas o el incendio de la casa 1.
  • Las estimaciones de población, que han rondado los 250 habitantes para una fase final, son modelos de trabajo basados en grupos domésticos y tamaños familiares; no son un censo.
  • La propuesta de una residencia multifamiliar y un vecindario virilocal o patrilocal es una hipótesis comparativa, no una red de parentesco demostrable persona por persona.
  • La circulación de fayenza y vidrio acredita conexiones de larga distancia, pero no permite dibujar una única ruta ni identificar un mecanismo comercial exclusivo.
  • La interpretación ritual de algunos edificios es plausible y relevante, pero carece de confirmación epigráfica.
  • La adscripción de los habitantes a los vettones sigue siendo una cuestión abierta, no un hecho documentado.

Una aldea que obliga a mirar de otro modo Salamanca

El Cerro de San Vicente no es una cápsula intacta del pasado. Sus depósitos fueron modificados por incendios, abandonos, construcciones posteriores, excavaciones y tareas de conservación. Precisamente por eso su estudio exige una lectura paciente: distinguir un suelo de un relleno, un derrumbe de una clausura, una pieza fabricada probablemente en Egipto de su depósito mucho más tardío en Salamanca.

Su valor reside en que permite observar una comunidad de la Primera Edad del Hierro a una escala excepcionalmente concreta. Las casas de adobe revelan técnicas constructivas y reparación continua; los cenizales convierten el descarte en información; la cebada carbonizada confirma almacenamiento; los huesos muestran consumo, caza y posible tracción; los objetos orientalizantes sitúan al interior de la península en circuitos de circulación amplios. Cada hallazgo gana sentido al relacionarse con los demás.

La apertura del Museo del Cerro de San Vicente añade una dimensión contemporánea a esta historia. Visitar el lugar no significa entrar en una aldea congelada ni contemplar una reconstrucción completa del pasado. Significa aproximarse a un registro frágil y parcial, conservado bajo la ciudad histórica, y entender cómo la arqueología transforma barro, ceniza, hueso y piedra en conocimiento crítico.

La principal lección del Cerro de San Vicente no es que todo pueda saberse a partir de una excavación. Es que los materiales más humildes —un adobe reparado, un grano quemado, una esquirla de hueso, un objeto recirculado durante siglos— permiten recuperar prácticas reales, mientras que los nombres, las identidades y las creencias exigen una cautela mayor.

Antes de la Salmantica romana y antes de la Salamanca monumental, hubo aquí una aldea compleja. No fue un mero prólogo, sino una comunidad con arquitectura, trabajo, memoria material y conexiones propias. La arqueología urbana del Cerro de San Vicente la hace visible sin transformar sus incertidumbres en certezas.

Fuentes y lecturas

  1. La aldea del Hierro Inicial del Cerro de San Vicente (Salamanca, España): Resultados de las excavaciones entre 1990 y 2006 a la luz de algunos debates actuales — Sociedad de Ciencias Aranzadi / Munibe Antropologia-Arkeologia (academic publication)
  2. Arqueología doméstica del Hierro I meseteño: excavaciones de 2018 en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Universidad Complutense de Madrid, revista Complutum (academic publication)
  3. Un singular ambiente doméstico del Hierro I en el interior de la península ibérica: la casa 1 del Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Trabajos de Prehistoria (academic publication)
  4. Un santuario doméstico del siglo VII a. C. de culto a Hathor-Astarté en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Trabajos de Prehistoria (academic publication)
  5. Iron Age Connectivity Revealed by an Assemblage of Egyptian Faience in Central Iberia — Cambridge University Press, European Journal of Archaeology (academic publication)
  6. Archaeofauna from an Early Iron Age (900–500 BCE) village in Central Iberia: the role of meat consumption and secondary products in an extended household at Cerro de San Vicente (Salamanca, Spain) — Springer Nature, Archaeological and Anthropological Sciences (academic publication)
  7. El Cerro de San Vicente, Salamanca. Guía de lugares arqueológicos de Castilla y León — Junta de Castilla y León, Dirección General de Patrimonio Cultural (public institution)
  8. Novedades sobre el Hierro I en el occidente del Valle del Duero. Investigaciones recientes en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España) — Universidad de Salamanca, repositorio GREDOS (university)
  9. Acta de la Comisión Informativa de Educación, Cultura, Deportes y Juventud, 29 de mayo de 2025 — Ayuntamiento de Salamanca (public institution)
  10. Las Noches del Patrimonio regresan con esta programación — Cadena SER, Radio Salamanca (reputable reference)

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