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Cuaderno de Historia

Antes de Hispania: los muchos mundos de la península ibérica

Un viaje por la Iberia anterior a Roma: puertos, castros, lenguas y objetos que conectaron Salamanca con el Mediterráneo.

Redacción Legenda Mundi · · 16 min de lectura

Serie · La península ibérica antes de Roma · 01

Antes de las calzadas romanas y de los nombres que hoy reconocemos en los mapas, hubo una península de puertos, aldeas y ciudades que miraban hacia horizontes diferentes. Para entrar en ella, empecemos por algo que cabe en una mano.

En el Cerro de San Vicente, junto al Tormes, la tierra ha devuelto pequeños objetos de fayenza con iconografía oriental. Su superficie vidriada pertenecía a un universo de técnicas e imágenes que conectaba lugares muy distantes. Aparecieron en Salamanca, lejos del mar. No sabemos por cuántas manos pasaron ni qué historia contaban quienes los recibieron.

Alrededor de aquellas piezas no estaban la Universidad ni las catedrales. Había casas, hogares y una comunidad que cultivaba, almacenaba y transformaba alimentos. El estudio de las excavaciones de 2022 propone reconocer también espacios de culto doméstico relacionados con Hathor-Astarté. Es una interpretación apoyada en la asociación de edificios y objetos; no una conversación antigua que podamos escuchar directamente. [1]

Desde ese cerro podemos emprender un viaje más interesante que memorizar una lista de pueblos. La pregunta es cómo vivían, qué los conectaba y por qué sabemos algo de ellos. La respuesta nos llevará a un puerto griego, a una tumba convertida en escultura, a letras que podemos leer sin comprender del todo y a toros de piedra que todavía parecen vigilar el paisaje.

Restos de una vivienda de la Edad del Hierro en el Cerro de San Vicente, Salamanca.
Cerro de San Vicente, Salamanca. Restos de una vivienda de la Edad del Hierro en el espacio visitable. Fotografía actual de estructuras arqueológicas; no representa una casa completa. Foto: Danisd75. Fuente · CC BY-SA 3.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

El mapa que nunca existió

Imaginemos una mirada sobre la península hacia el año 400 a. C. Es un recurso para orientarnos, no una fotografía de un momento documentado. Veríamos ríos, montañas, tierras cultivadas y asentamientos de tamaños muy distintos. No encontraríamos las fronteras de España y Portugal ni las manchas compactas con las que solemos dibujar a íberos y celtas.

La geografía condicionaba las posibilidades sin decidirlo todo. Un valle podía facilitar el tránsito; una altura, controlar un paso; una bahía, ofrecer abrigo. Pero un río también tenía crecidas, una montaña podía atravesarse y una comunidad podía escoger alianzas que desbordaran su entorno inmediato. Los caminos eran relaciones humanas antes de convertirse en líneas sobre un plano.

De ahí el problema de la palabra prerromano. Describe a estas sociedades por aquello que vino después. Un artesano del siglo VI a. C. no trabajaba esperando la llegada de Roma. Tenía sus propios clientes, obligaciones, dioses y preocupaciones. Para entenderlo, conviene suspender durante un rato nuestro conocimiento del desenlace.

La Protohistoria tampoco comenzó simultáneamente en todas partes. El término ayuda a estudiar sociedades conocidas por testimonios escritos propios o ajenos, junto con la arqueología. En la península abarca procesos regionales diferentes. Agruparlos resulta útil; convertirlos en una única etapa uniforme borra precisamente lo que queremos descubrir. [2]

Cuando el mar acercaba los mundos

En una costa vista desde tierra, el horizonte parece el final del paisaje. Para un navegante podía ser el comienzo de una ruta. Los asentamientos fenicios del sur peninsular se entienden mejor desde esa inversión de perspectiva: el mar comunicaba enclaves separados por enormes distancias terrestres.

Gadir, la actual Cádiz, es el nombre más célebre. Las tradiciones antiguas atribuyeron a su fundación una gran antigüedad, pero tradición literaria y estratigrafía no son relojes intercambiables. Para fechar los contactos hay que examinar niveles de ocupación, cerámicas y contextos concretos. No basta con repetir una fecha fundacional transmitida siglos después. [3]

Con los intercambios circularon recipientes, técnicas artesanales, formas de escritura y modelos religiosos. Sin embargo, una importación no explica por sí sola el cambio de una sociedad. Quienes recibían objetos podían utilizarlos de manera distinta, reservarlos para ciertas ceremonias o convertirlos en signos de prestigio. La historia de los contactos necesita observar también esas decisiones locales.

El oro del Carambolo permite detenerse ante esa complejidad. El hallazgo de 1958 convirtió un conjunto de piezas extraordinarias en emblema de Tartessos. Su contexto y su relación con un espacio de culto han obligado a discutir qué significaban y cómo se utilizaban. Un tesoro impresiona por el metal; a un arqueólogo le importa además el agujero, los huesos y la cerámica que lo acompañaban. [4]

Exposición de piezas de oro del tesoro del Carambolo.
Presentación museográfica del tesoro del Carambolo, conjunto hallado en Camas (Sevilla). La disposición de las piezas en la vitrina no reproduce la posición del hallazgo ni demuestra cómo se vestían o utilizaban. Foto: © José Luiz Bernardes Ribeiro. Fuente · CC BY-SA 3.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

Tartessos sale de la leyenda

La palabra Tartessos ha servido para imaginar un reino perdido, una capital y una riqueza casi fabulosa. El problema aparece cuando se pide a cada descubrimiento que confirme ese guion. Los textos antiguos, los asentamientos y los objetos plantean preguntas que no encajan siempre en un único mapa político.

Resulta más productivo estudiar los cambios del suroeste durante el primer milenio a. C.: contactos mediterráneos, concentración de riqueza, formas de poder y prácticas religiosas. Eso permite investigar la relación entre comunidades sin suponer de entrada que todos sus habitantes compartían una identidad o estaban gobernados desde el mismo lugar.

En el valle medio del Guadiana, Casas del Turuñuelo ofrece una ventana excepcional. El estudio publicado en 2023 examinó restos de más de cincuenta animales depositados en su patio. La anatomía, las marcas sobre los huesos y la posición de los cuerpos permitieron distinguir fases y prácticas rituales. La secuencia no se reconstruyó a partir de una crónica: estaba conservada en el suelo. [5]

Lo decisivo es el método. Un caballo articulado, un hueso con señales de procesamiento y una capa de sedimento responden a preguntas diferentes. Juntos permiten proponer una secuencia; por separado pueden inducir a error. Incluso ante una conservación extraordinaria siguen abiertas cuestiones sobre participantes, creencias y motivos. Reconocer esos límites no rebaja el descubrimiento: muestra qué sabemos realmente.

Vista del recinto arqueológico de Cancho Roano, protegido por una cubierta.
Cancho Roano, en Zalamea de la Serena (Badajoz), visto desde el oeste. Otro enclave fundamental para investigar los espacios ceremoniales del Guadiana. No es Casas del Turuñuelo. Foto: Ángel M. Felicísimo. Fuente · CC BY 4.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

Una mañana entre las ruinas de Emporion

En Empúries, el Mediterráneo sigue estando al lado de las ruinas. Esa cercanía ayuda a comprender el emplazamiento del asentamiento griego, desarrollado desde el siglo VI a. C. La Palaia Polis y la posterior Neápolis formaban parte de una historia urbana cuyo puerto acabaría sirviendo de entrada a las tropas romanas en 218 a. C. [6]

Podemos imaginar una descarga de mercancías como escena plausible, siempre que no inventemos nombres, diálogos o una jornada determinada. Lo importante es la actividad que esa escena ayuda a visualizar: transportar, almacenar, medir, negociar. Un intercambio exigía entenderse, aunque no sepamos exactamente quién traducía ni bajo qué reglas se cerraba cada trato.

Una copa griega encontrada lejos de la costa no demuestra que su propietario fuera griego. Pudo atravesar numerosos intermediarios. Tampoco una forma de vestir representada en una escultura permite identificar automáticamente la lengua de quien la encargó. El mapa de los objetos, el de las personas y el de las lenguas se relacionan, pero no son el mismo mapa.

Vista de las ruinas de la Neápolis de Empúries.
La Neápolis de Empúries. Los restos visibles corresponden a distintas fases de una larga historia urbana; no son una imagen congelada de su fundación en el siglo VI a. C. Foto: LeZibou. Fuente · CC BY-SA 3.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

Los íberos: ciudades, diferencias y una mujer de piedra

La etiqueta «íberos» reúne comunidades del este y del sur con rasgos compartidos y diferencias profundas. Ayuda a ordenar estilos artísticos, prácticas y escrituras; no autoriza a imaginar un Estado ibérico unificado. Compartir ciertas soluciones culturales no equivale a obedecer al mismo gobierno. [2]

Para acercarnos a sus desigualdades sociales podemos entrar en una tumba. La Dama de Baza, tallada en la primera mitad del siglo IV a. C., fue una urna funeraria. La figura sentada, con restos de policromía, contenía los restos cremados de una difunta. Su hallazgo en contexto permite estudiar la relación entre escultura, ajuar y ceremonia.

La presencia de armamento no obliga a convertir a la persona enterrada en un guerrero varón. El Museo Arqueológico Nacional relaciona la excepcionalidad del conjunto con una mujer de gran importancia social y con honras de carácter heroico. La interpretación de algunos símbolos sigue exigiendo prudencia: posición social, representación divina y memoria familiar pueden superponerse. [7]

La lección se extiende más allá de esta tumba. Nuestros supuestos también entran en el museo. Si atribuimos automáticamente armas a hombres, adornos a mujeres y monumentalidad a reyes, corremos el riesgo de reconstruir nuestras expectativas en lugar del pasado. El contexto es la primera defensa contra ese reflejo.

La Dama de Baza sentada en un trono, con restos de policromía.
La Dama de Baza, primera mitad del siglo IV a. C. Urna cineraria de la necrópolis de Basti (Granada), conservada en el Museo Arqueológico Nacional. Fotografía de la pieza original facilitada por el museo. Foto: Relanzón, Santiago (photo). Fuente · CC BY-SA 4.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

Leer unas letras no es entender una lengua

Ante una inscripción antigua, la primera tentación consiste en preguntar qué dice. Pero hay varias tareas escondidas en esa pregunta: identificar los signos, asignarles valores, separar palabras y comprender su gramática y su significado. Avanzar en una de ellas no resuelve automáticamente las demás.

El ibérico conserva dificultades de interpretación importantes. El celtibérico, en cambio, pertenece a la familia céltica y puede compararse con otras lenguas emparentadas, aunque sus textos también plantean problemas. La investigación de las escrituras paleohispánicas muestra préstamos y adaptaciones: usar signos semejantes no significa hablar la misma lengua. [8]

Los bronces de Botorrita son una buena advertencia contra las cronologías demasiado limpias. La documentación de estas lenguas se prolonga dentro del periodo de dominio romano. El primer bronce se sitúa en el siglo I a. C.; no debe utilizarse como si fuera una instantánea del año 400 a. C. Es evidencia de una tradición que continuó transformándose. [9]

Primer bronce de Botorrita expuesto en una vitrina.
Bronce de Botorrita I, procedente de Contrebia Belaisca y conservado en el Museo de Zaragoza. Documento celtibérico del siglo I a. C.: muestra la continuidad de estas escrituras bajo dominio romano. Foto: ecelan. Fuente · CC BY 2.5. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

Salamanca y el paisaje de los vettones

Regresemos hacia el oeste de la Meseta. Las fuentes antiguas denominan vettones a comunidades vinculadas con territorios de las actuales Salamanca, Ávila y áreas próximas. La investigación combina esos textos con castros, necrópolis y esculturas para comprender identidades que se formaron históricamente. Ningún tipo de objeto permite por sí solo dibujar una frontera inmutable. [10]

Los verracos, figuras de toros o cerdos talladas en granito, hacen visible ese mundo sin explicarlo por completo. Se han relacionado con recursos ganaderos, territorios y funciones simbólicas; también hubo usos y reutilizaciones posteriores. La pregunta correcta no es únicamente «¿para qué servían?», sino dónde apareció cada ejemplar y qué podemos reconstruir de su contexto.

Una muralla plantea una dificultad parecida. Habla de defensa, pero también de trabajo organizado: reunir materiales, transportarlos, levantar el recinto y mantenerlo. Su tamaño no nos entrega el nombre de una autoridad ni un censo de habitantes. Sí permite estudiar una inversión colectiva y la voluntad de ordenar el acceso a un lugar.

En Salamanca, Yecla la Vieja permite observar la larga vida de estos asentamientos. Su museo conserva también testimonios de la ocupación romana, entre ellos estelas funerarias. La visita no consiste en encontrar un instante intacto, sino en reconocer una sucesión de usos. Para leer el paisaje hay que aprender a distinguir sus capas. [11]

Esculturas zoomorfas de granito de los Toros de Guisando, Ávila.
Los Toros de Guisando, en El Tiemblo (Ávila). Estas esculturas permiten acercarse al mundo de los verracos; su presencia actual no resuelve por sí sola la función ni el contexto original de cada ejemplar. Foto: José Luis Filpo Cabana. Fuente · CC BY 4.0. Sin alteraciones editoriales; tamaños web generados automáticamente.

La vida que casi nunca cabe en un museo

Un arma o una joya atraen la mirada enseguida. Resulta más difícil imaginar las horas necesarias para preparar comida, atender animales, reparar un tejado o fabricar un tejido. Sin embargo, ahí transcurría gran parte de la existencia. La riqueza de un relato histórico depende también de conceder espacio a lo habitual.

Los arqueólogos no recuperan esa vida mediante intuición. Una semilla carbonizada puede informar sobre una planta utilizada; un conjunto de huesos permite estudiar especies, edades y aprovechamientos; una herramienta debe analizarse junto con sus huellas de uso y el lugar donde apareció. Ningún indicio aislado equivale al menú o a la biografía completos de una familia.

Además, la conservación selecciona. Algunos materiales desaparecen con facilidad; otros sobreviven porque un incendio los carbonizó o porque quedaron protegidos. Lo encontrado no es una muestra transparente de todo lo que existió. Una casa vacía de objetos valiosos quizá fue abandonada ordenadamente; una estancia llena puede reflejar una interrupción violenta. Son posibilidades que hay que contrastar, no historias que podamos escoger por su dramatismo.

El noroeste recuerda asimismo que el mar Atlántico no era el borde de una historia centrada únicamente en el Mediterráneo. En Baroña, el asentamiento sobre una península rocosa hace inseparables arquitectura y paisaje marítimo. Su posición es visible; las decisiones concretas de sus habitantes requieren investigación. La belleza de unas ruinas no sustituye su explicación. [12]

La ciencia no entrega un carné de identidad

El ADN antiguo ha ampliado nuestra capacidad para estudiar parentescos y movimientos de población. El trabajo de Olalde y colaboradores, publicado en 2019, reconstruyó cambios genéticos a lo largo de ocho milenios de historia peninsular. Sus resultados permiten formular preguntas que los objetos, por sí solos, no podían responder. [13]

Pero ascendencia genética, lengua e identidad no son equivalentes. Una persona puede adoptar una lengua, participar en otra comunidad o cambiar de posición social sin que esos procesos se lean directamente en su genoma. Tampoco una muestra de individuos representa sin más a todas las poblaciones de una región.

La misma prudencia se aplica a otras técnicas. El radiocarbono ofrece intervalos que deben interpretarse en contexto, no fechas de calendario garantizadas para cada acontecimiento. Los análisis científicos son más valiosos cuando se incorporan a una pregunta histórica clara. El instrumento afina nuestra mirada; no elimina la necesidad de razonar.

Cuando Roma entró en el relato

En 218 a. C., la guerra entre Roma y Cartago llevó tropas romanas a Emporion. La conquista peninsular fue después un proceso prolongado, desigual y conflictivo. La caída de Numancia en 133 a. C. constituye uno de sus episodios más conocidos, pero no resume las experiencias de todas las comunidades. [14]

Algunas tradiciones persistieron, otras cambiaron de significado y otras desaparecieron. Por eso «antes» y «después» son palabras necesarias pero insuficientes. Entre ambas hay generaciones enteras: personas que siguieron usando una lengua, negociaron nuevas obligaciones, desplazaron su residencia o reinterpretaron a sus dioses.

Volvamos, al terminar, al pequeño objeto de Salamanca. No conocemos a quien lo sostuvo. Lo que sí podemos reconstruir es una parte del mundo que hizo posible su presencia junto al Tormes. La península anterior a Roma deja de parecer una sala de espera. Se convierte en lo que siempre fue para sus habitantes: un presente lleno de caminos abiertos.

Cronología esencial

Fecha aproximada Qué ayuda a situar
Primer milenio a. C. Desarrollo de los procesos regionales que estudiamos como Protohistoria.
Siglo VII a. C. Contextos de culto doméstico estudiados en el Cerro de San Vicente.
Siglo VI a. C. Desarrollo del establecimiento griego de Emporion.
Siglo V a. C. Contexto de los depósitos rituales estudiados en Casas del Turuñuelo.
Primera mitad del IV a. C. Cronología de la Dama de Baza.
218 a. C. Entrada de tropas romanas por Emporion.
133 a. C. Conquista de Numancia.
Siglo I a. C. El primer bronce de Botorrita documenta la continuidad de la escritura celtibérica.

En pocas palabras

  • Las etiquetas culturales no equivalen a Estados ni a fronteras fijas.
  • Las comunidades peninsulares participaron en redes de intercambio y transformaron lo que recibían.
  • El contexto arqueológico puede ser tan revelador como una pieza extraordinaria.
  • Lengua, escritura, ascendencia e identidad responden a preguntas diferentes.
  • Salamanca ofrece evidencias para estudiar conexiones de largo alcance antes de Roma.
  • La conquista no borró todas las tradiciones de un día para otro.

La pieza arqueológica que recordar: la Dama de Baza, porque conserva la relación entre imagen, muerte y posición social.

Para mirar con otros ojos: ante una pieza de museo, pregunta no solo qué es, sino dónde apareció y qué había a su alrededor.

Para seguir explorando

Fuentes y lecturas

Las referencias numeradas enlazadas en el texto permiten distinguir las fichas de museo, los estudios de excavación y la investigación lingüística. Selección fundamental:

  • [1] «Un santuario doméstico del siglo VII a. C. de culto a Hathor-Astarté en el Cerro de San Vicente (Salamanca, España)», Trabajos de Prehistoria, 2023. Registro académico.
  • [5] CSIC, síntesis del estudio del sacrificio animal de Casas del Turuñuelo, 22 de noviembre de 2023. Documento.
  • [8] Palaeohispanica, volumen 21, 2021. Investigación sobre lenguas y escrituras paleohispánicas.
  • [10] Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús Álvarez-Sanchís, «Los verracos y los vettones». Publicación académica.
  • [13] Iñigo Olalde y colaboradores, «The genomic history of the Iberian Peninsula over the past 8000 years», Science 363, 2019, pp. 1230–1234. DOI.

El viaje continúa

Antes: las redes del Bronce Final. Después: Tartessos, entre contactos mediterráneos y poderes locales. Conexión inesperada: las imágenes de Oriente en la Salamanca de la Edad del Hierro. Son las próximas líneas de exploración de esta serie.

Ya puedes leer también Salamanca, 1218: una universidad antes de su fachada, otro recorrido por la distancia entre los relatos conocidos y sus evidencias.

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